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La urgencia de Violeta: Una vida dedicada al rescate de lo nuestro

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Publicado el: 16 octubre, 2017 por: vivaleer en: Reportajes.

A 100 años de su nacimiento, nos detenemos en “Tapicerías de Violeta Parra”, la primera exposición individual realizada por un artista latinoamericano en el Museo del Louvre, en París. Artista integral, Violeta fue capaz de aunar su voz en distintos formatos: bordando, cosiendo, esculpiendo, escribiendo y componiendo; y así expresar el amor infinito por su tierra y su empeño infatigable por el rescate de la identidad nacional.

Por Astrid Donoso

Había decisión en su mirada. De pequeña parecía tener ya ciertas convicciones hechas y derechas. Tanta seguridad en lo que hacía, más allá de preparación y lógica no la hacían menos vulnerable, pero sí le otorgaban cierta sensibilidad única y singular. Y es que a veces Violeta Parra daba miedo, por esta misma certeza que tenía sobre lo realmente importante. Poseía un carácter decidido e imponía su visión, una claridad con respecto a lo que debía hacerse y a su vida, siempre trabajadora e incansable. Su presencia implacable llenaba las salas y se anunciaba siempre tremenda, poderosa. Había una fuerza vital que recorría cada minuto de su vida y de quienes la rodeaban. No había tiempo que perder entre recopilar el folclor nacional recorriendo pueblos, tejer sus arpilleras, componer sus canciones, además de la vida doméstica que agitaba en su cotidianidad.

De pequeña, Violeta vio el esfuerzo de una familia con nueve hermanos donde su padre y sobre todo su madre jugaron un papel inmenso en la forma de afrontar su arte y la vida misma. No había pausas, siempre en ajetreo, siempre algo que hacer, desde ir por lanas de colores a sacar los colchones, desde escribir una letra para una nueva composición a hacer los porotos o la cazuela que todos almorzaban.

Créditos: Marcelo Montealegre

Créditos: Marcelo Montealegre

Cuando cayó enferma de hepatitis, en 1958, debió guardar reposo por meses y en ese encierro en cama, que le quitaba tiempo a sus inquietas manos, comenzó a trabajar la arpillera y a pintar. Así, en esas horas, ella despertaba a una nueva forma de arte, encontrando una nueva habilidad que la acompañaría toda su vida. Bordó y cosió sus arpilleras sin bocetos, guiada por su imaginación y completamente autodidacta. Fue tanto lo que bordó y pintó, que ese mismo año expuso por primera vez su trabajo visual en una Feria de Arte en el Parque Forestal. Eso se fue conjugando con su vida de cantante, de presentarse primero como los hermanos Parra en distintos lugares con éxito, luego al aventurarse a recopilar el canto de la gente de distintos pueblos -haciéndose así un nombre- por último para ser ella misma la autora de sus canciones potentes, dolidas y sinceras, con esa voz que ella siempre llamaría “voz sufrida”.

Pero Violeta no se contentaba con solo hacer una cosa. Llena de metas y sueños, no dejaba tiempo al azar y se encaminaba a nuevos rumbos, como si el llamado a mostrar su arte fuera tan fuerte que le quitara el sueño. Así, con dos matrimonios terminados a cuestas y cuatro hijos, ella proseguía en su ruta a mostrar el arte popular, a rescatar cierta identidad nacional que parecía diluirse y que ella, como otras folcloristas, se afanaba en preservar y dar a conocer. Aun con esto en común, no hay otro artista del folclor chileno que se le parezca. Ella escapaba a toda lógica y era pura fuerza creadora. La pintura, la arpillera y la música eran la misma cosa: una forma de expresarse, de sacar aquello profundo en sus venas, en su cabeza, pero por sobretodo en su corazón.

Memoria Chilena / Biblioteca Nacional

Créditos: Fotografía que acompaña el artículo de Sara Vial, “Violeta Parra aún canta gracias a la vida en sus décimas”. La Estrella. Valparaíso. Colección Biblioteca Nacional, Memoria Chilena.

Con la música recorrió Latinoamérica y Europa, y en esta última se instaló por un tiempo. En París, por ejemplo, fue parte esencial de un grupo de artistas sudamericanos en el barrio latino, en el famoso punto de encuentro llamado L’ Escale, espacio donde su presencia fue atronadora y apabullante.

El lugar tenía un estilo festivo de un grupo de latinos con ganas de cantar, tocar la guitarra y compartir, pero apenas Violeta llegó y dio un giro completo al lugar, convirtiendo el espacio en un escenario de silencio que la escuchaba. Tanta fuerza tenía esta pequeña chilena, de decisiones robustas y fuerte carácter, que cuando alguien osaba hablar mientras ella cantaba lo callaba inmediatamente para que escuchara, para que comprendiera la importancia de lo que estaba ocurriendo. Ella sabía del valor de su trabajo constante y no dudó en dejarlo claro siempre, desde pequeña. Sus dibujos y su canto eran valiosos y se aferró a ellos casi como si fuera una misión para la vida, sin dejar por ello de vivir y de compartir con otros. Amiga de sus amigos, sociable y trabajadora era Violeta.

Violeta pionera

En esos años, grabó sus primeros discos, dio entrevistas, musicalizó documentales, y tomó una firme nueva: llevar su trabajo al Museo del Louvre. Así durante cinco semanas sus arpilleras, esculturas y pinturas estuvieron en el Museo de Artes Decorativas con la presencia constante de la artista que recibía a todos, conversaba, desplegaba su habilidad social al máximo, explicando su trabajo, respondiendo preguntas. En la exposición titulada “Tapicerías de Violeta Parra”, ella tomaba su guitarra y cantaba, daba los últimos toques a sus trabajos, siempre perfeccionista, sin jamás dejar algo en el olvido. Concentrada en su trabajo, pero por sobretodo en la gente. Cuando en un reportaje llamado Bordadora chilena para la televisión suiza, ese 1964, le preguntó con qué medio de expresión se quedaría, ella respondió sin dudas: “elegiría quedarme con la gente”.

Louvre Créditos Framepol

Violeta Parra fue la primera artista latinoamericana en exponer de manera individual en el Louvre, logrando la atención del llamado primer mundo y de la crítica francesa. Corren muchos rumores de cómo llega al Louvre, entre estos, se dice que tras conocer a alguien que le da una tarjeta ella decide visitarlo en la dirección dada y se encuentra con este museo enorme que era y sigue siendo el Louvre.

Violeta era chilena, de un país pequeño donde había visto y vivido en la pobreza, en la carencia y alejada del llamado mundo moderno, de la academia, sin formación formal y llega a este edificio inmenso que termina por recibirla y ovacionarla. No hay cómo saber si esta historia es cierta, y cuesta creer en la ingenuidad que ello supondría, pues Violeta siempre sabía muy bien hacia dónde iba y confiaba en sus resoluciones. Las decisiones que ella misma se imponía eran seguras concreciones y esa exhibición ambiciosa, para la cual trabaja incansablemente, se realiza, inmortalizándola no sólo para Chile, sino para Latinoamérica y la vieja Europa.

23 tapices, 20 cuadros, 15 esculturas en alambre y máscaras cubiertas con porotos, lentejas y arroz, en forma de mosaico, fueron parte de esta exhibición que están llenas de color y simbolismo. La vida misma estaba en esas piezas, la cultura del pueblo chileno, esa que ella conocía y había estudiado tan a fondo. El devenir político del país tampoco dejaba indiferente a Violeta y son esos años quizás los más políticos de una vida que es política en sí misma. Son años de canciones intensas y que aún hoy remecen: “Miren cómo sonríen”, “Qué dirá el Santo Padre” y “Arauco tiene una pena”, entre otras.

Entre estos cuadros destaca “Contra la guerra” una obra que data de 1962 donde hay una fuerte crítica distintos poderes que remecían a Chile y a todo el continente sudamericano de la época. Bordada con lana en tela de yute representa a la misma autora, según da cuenta en una entrevista en 1965 a una periodista europea. El mundo entero no la dejaba indiferente y son parte de esta intensa obra, de esta declaración por la paz. Era la época del desarme en plena Ginebra donde vivía algún tiempo, la época de la crisis de los misiles en Cuba y el peligro inminente de una nueva enorme guerra. Ella luchaba por la paz y se la vio en marchas y protestas, pero su verdadero combate lo dio en el arte. Sus alegatos tenían onda trasfondo y en esos cuerpos casi heridos de ese cuadro bordado, crecen flores de sus cabezas, como si fueran almas elevándose.

Contra la Guerra de Violeta Parra

Contra la guerra (1962) Créditos Colección Museo Violeta Parra

“Lo primero que vemos son personajes que aman la paz. La primera (de morado) soy yo –dice Violeta- porque es el color de mi nombre. Estoy acompañada por un amigo argentino, una amiga chilena y una indígena. Las flores de cada personaje corresponden a sus almas. El fusil representa la guerra y la muerte”,

La figura violeta, color de la divinidad por excelencia, lleva una especie de cruz; otra un candelabro judío; otra, un lirio, la flor de la fertilidad y la maternidad de un verde esperanza y una cuarta de azul con el canelo, símbolo de la cultura mapuche. Mientras la escopeta con su cruz negra e iluminada parece dar muerte a una paloma, y en otro extremo las guitarras, su propio alegato tenaz y constante.

“Para mí, la pintura es el punto triste y oscuro de la vida. En ella trato de expresar lo más profundo del ser humano. Mientras que la tapicería es la parte alegre”, dice en la misma entrevista.

Toda la obra de Violeta, tanto la que fue exhibida aquel año en París como el resto que se traduce en óleos, cerámicas, arpilleras y composiciones, que la hacían la artista integral por excelencia de Chile, fueron nutridas por su vida intensa, llena de urgencias, en su infancia en el campo, en el canto a lo divino y lo mundano que ella bien sabía era ambos parte de la vida misma. La tradición del pueblo chileno, del trabajador y lo popular son parte de su obra, la sostienen, la alimentan. En sus obras ella retrata lo que ve, sin hacer bosquejos ni planes, ella se guía por lo que ve en su cabeza, que guía a sus manos presurosas y hábiles.

-“Entonces deja que sus emociones hablen por sus manos”, le pregunta una periodista francesa: -“así tal”, cual dice ella en su francés.

-“¿Sabías bordar o aprendiste?”, le vuelve a preguntar.

-“No, no. Yo o sabía nada. Este es el punto más simple del mundo y no está dibujado”, responde Violeta.

-“¿Lo inventaste todo?”

-“Sí. Pero todos pueden hacerlo. No es una especialidad mía” –dice, mientras sigue su bordado frente a la cámara, sin dejar jamás su bordado, y siempre trabajando.

Al poco tiempo Violeta volvió a Chile buscando promoverla cultura del pueblo chileno, esa que la llevó a recorrer escenarios tan lejanos y a ser aplaudida y reconocida. Había siempre tanto por hacer, tanto que luchar por armar y mantener su mítica Carpa de La Reina, llena de promesas que vio extinguirse poco a poco. Tenía que movilizar a los cantautores y cultores nacionales, a la gente que la visitaría y se diera cita en ese espacio que tanto había soñado y que por fin era real. Pero había cierta apatía frente a su sueño portentoso y generoso. Pocos la siguieron en este país que suele darse cuenta muy tarde del talento de sus propios hijos: que era lejos, que hacía frío decían. Fue tarde con la Mistral y lo ha sido aún con la Violeta.

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