Viva Leer

Lecturas de micro: a un mes del regreso a clases

Publicado el: 26 marzo, 2018 por: vivaleer en: Reportajes.

Hace ya casi un mes fue el inicio oficial de un nuevo año académico. De vuelta al tráfico automovilístico habitual en las calles, el transporte público se vuelve un espacio para múltiples tareas: ver series de T.V en el celular, chatear, y por qué no, leer libros. En la comodidad del asiento, pegado a la ventana, o de pie, siempre hay momentos para la lectura.

Por Isabel Casar.

leyendo en el metro de NY2

La vuelta a clases no solo es dura para los estudiantes, que deben ceder el asiento en micros o carros de metro apretujados, cambiar las mañanas de sueño por levantadas temprano, y hacer cosas que no necesariamente quieren hacer. También lo es para los profesores, que, al igual que los alumnos, deben madrugar y transitar al ritmo de los tacos matutinos para poner en marcha la clase que planificaron mientras sus alumnos descansaban, y hacer cosas que quizás tampoco les gusta hacer (al menos eso confiesan con las anotaciones negativas).   Bueno, pero en el colegio no todo es tan malo, están los recreos y los reencuentros con los amigos, y siempre está la posibilidad de que algo nuevo nos sorprenda y lo aprehendamos para el resto de nuestras vidas. Para inspirar tanto a alumnos como profesores en algunas lecturas que puedan acompañar el año, le preguntamos a tres destacadas mujeres del circuito literario por un libro que les hayan hecho leer en el colegio que todavía recuerdan con afecto.

La escritora Sara Bertrand, recuerda esos libros que alguna vez la acompañaron en el trayecto al colegio: “me acuerdo de leer en la micro camino a casa, de hecho, era uno de los placeres de ir al colegio: volver leyendo. De esa época, en que buscaba el asiento pegado a la ventana con algo de sol para calentarme la espalda. Recuerdo La tía Julia y el escribidor; Cien años de soledad y La casa de los espíritus. No sé si eran lecturas contempladas en el plan lector de mi colegio, pero las leí volviendo a casa. Mejor dicho: las devoré. A veces, se me pasaba el paradero y tenía que correr a la puerta para tocar el timbre y bajarme en una especie de sopor, habitando un espacio intermedio entre lectura y realidad, porque los personajes convivían con mi cotidiano fuertemente. Libros que me interpelaron y que, en distintos aspectos, convocaron cuestiones que yo misma estaba viviendo o quería experimentar.

Cien años de soledad, ilustrado por Luisa Rivera

Cien años de soledad, ilustrado por Luisa Rivera

Sufrí, en cambio, la lectura de El quijote, eso recuerdo. Años después, de puro empeñosa, volví sobre él y me fascinó, no pude parar de leer hasta terminarlo a las cuatro o cinco de la mañana. Cuando me lo dieron a leer en el colegio, creo que no lo entendí, me pareció tan triste que todos se rieran del Quijote, maldecía a la gente de los pueblos a los que llegaba con su caballo muerto de hambre, los que se burlaban de él. Me parecía que el Quijote podía ser cualquiera de nosotros, cuando andamos atrapados en un sueño que no termina de hacerse realidad, y esa injusticia, la falta de empatía de los que lo rodeaban, me produjo mucha frustración. Quedé con sabor amargo, una lectura triste, pero cuando lo retomé años más tarde, me pareció todo lo contrario. Me reí a gritos, entendí que todos podemos ser ridículos en muchos aspectos de nuestra vida y que es una estupidez no reírse de eso.”

Por su parte, Daniela Branada, coordinadora del Centro de estudios Troquel, no duda ni un instante en escoger uno de sus libros favoritos del colegio: El hombrecito vestido de gris y otros cuentos de Fernando Alonso.  “No me acuerdo en que curso lo leí, pero estaba en básica y fue parte del plan de lectura complementaria del colegio.  Fue un acierto. Me gustó y me sigue gustando” nos cuenta Daniela, recordando la importancia de recomendar verdadera literatura a los niños, literatura sin adjetivos como dice M. Teresa Andrueto, esa que eriza los pelos independientemente de la edad.

El hombrecito vestido de gris, interior

El hombrecito vestido de gris, interior

Denis Abarca, alumna destacada del seminario “Yo mediador”, y cuentacuentos en la  productora de Arte & Tecnología Lumíferacuyo proyecto “Animacuentos” resalta entre las iniciativas de mediación lectora, a través de la combinación de lectura, creación literaria y uso de tecnologías-, nos cuenta sobre sus recuerdos de la primera vez que sintió placer por la lectura:

“Es indudable que las personas que amamos las historias, los cuentos, los libros, hemos tenido momentos de mucho placer enlazados a la escucha o a la lectura. Personalmente, amo los libros porque me recuerdan a mi padre inventando cuentos para mi hermana y para mí antes de dormir. Y esa oportunidad de entrar en otros universos me la regaló él con sus historias. Y yo después la reviví en la lectura solitaria. La primera vez que sentí ese placer fue al leer Papelucho de Marcela Paz. Lo recuerdo muy nítidamente.  Y es que cuando me acuerdo de Papelucho, vienen a mí las sensaciones que tienen que ver con el mundo de adentro del libro, ese universo que habitan los personajes con sus tiempos y sus ritmos, pero también hay un universo de afuera del libro, que tiene que ver con lo que nos pasa en la vida como lectores cuando estamos visitando esos otros mundos. Y cuando pienso en Papelucho, me acuerdo del columpio en el que lo leí, del árbol que había sobre él, que era un ciruelo, y de cómo se movían las sombras de las hojas sobre las páginas del libro. Y me acuerdo del asombro que me producía ese personaje, tan desarmado, tan parecido a todos los niños y niñas que éramos nosotros mismos y tan distinto a la idea que antes había tenido de “protagonista”. Ese libro me acercó porque hablaba como yo, porque sucedía en sitios cercanos, porque era completamente opuesto a los “hace mucho tiempo atrás en un lugar muy muy lejano” que yo antes había leído. En ese “mundo de afuera del libro” está mi infancia, llena de felicidad, y recordarlo me da mucho gusto y alegría.

Papelucho, ilustración de portada Editorial Universitaria

Papelucho, ilustración de portada Editorial Universitaria

Lo conocí gracias a las lecturas obligatorias del colegio. Me acuerdo de las emociones. Con todos los sentidos lo leí, tan a gusto, que recuerdo con asombro que lo comencé y terminé en una misma tarde. Cuando me acompañó en mi infancia, vi lo que tenía que ver, un niño que podría perfectamente haber sido mi amigo, con el que me hubiera encantado hacer travesuras, que se atrevía a hacer cosas que yo no, y que escribía su diario tal como hablaba. Esto último, ahora que lo pienso, pudo haber sido una gran invitación a lanzarme a escribir. Tengo mucho que agradecer al colegio por “obligarme” a entrar en el universo de Papelucho en el momento preciso.

 

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