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Chile, país de cuentos

Publicado el: 8 octubre, 2018 por: vivaleer en: Reportajes.

Chile es país de poetas. O al menos, eso dice la frase popular. No obstante, hay una larga tradición de narrativa. Donde encontramos novelas, leyendas, relatos orales de origen folclóricos. Macarena Pagels indagó en el género del cuento destacando a algunos autores un poco olvidados o no tan conocidos y dio una mirada a algunas de las escritoras noveles que están dando que hablar en la actualidad.

Por Macarena Pagels.

No es una consideración gratuita que Chile es un país de poetas. Está aceptado como creencia popular, y es difícil no pensarlo teniendo escritoras y escritores de la talla de Mistral, Neruda, Teillier, Lihn, Parra y un largo etcétera hasta nuestros días. Lamentablemente para muchos, no podemos decir lo mismo en relación con el mal llamado “género breve”. Chile, desde la óptica comparativa, tal vez no se caracteriza por ser un país de grandes cuentistas, si miramos por ejemplo a nuestros vecinos, donde encontramos a grandes escritores que han cultivado el género magistralmente.

Sin embargo, decir que Chile no es un país de cuentistas no hace justicia a la cantidad de obras y volúmenes escritos por autores nacionales que no tienen nada que envidiar de sus mejores cultivadores. Por eso, podríamos decir que Chile no es un país de cuentistas, pero sí de grandes cuentos.

Chile, sus formas y tradiciones fueron —como todo septiembre— el gran tema de conversación. Y no está demás, pasado el mes dedicado a la patria, traer a colación un par de escritores que han incursionado en este complejo arte. No por ser autores coterráneos sino aún más por su talento en el género. Curiosamente no son autores renombrados y es difícil encontrarlos en obras de antología o en panorámicas literarias nacionales. Lo único que explica su presencia en este artículo es que han generado verdadera y grata sorpresa al lector que les escribe.

Se trata de dos escritores que no solo han sorprendido por su originalidad y estilo, sino que también integran lo mejor de las letras nacionales de inicios de este siglo. Por un lado, Marcelo Lillo y su libro El fumador y otros relatos (Random House Mondadori, 2008), y por otro lado José Gai con su volumen de cuentos El veinte (Tajamar, 2007). Ambos títulos cayeron en mis manos sin referencias anticipadas, por lo que el efecto sorpresa y disfrute fue todavía mayor.

Marcelo Lillo

El fumador y otros relatos es el primer libro de Marcelo Lillo, escrito recién a sus 50 años. Fue publicado bajo circunstancias dignas de otro cuento del estilo de su autor. Renegado de la vida que llevaba se mudó a Niebla, en Valdivia, para dedicarse en exclusivo a la literatura. Si no conseguía ser publicado en un plazo que él mismo se adjudicó, un revólver lo esperaría bajo la almohada. Pero antes de lamentar cualquier desenlace indeseado, logró llegar a las grandes editoriales de España sin siquiera ser publicado antes en Chile.

Fuera de las anécdotas que circundan la existencia de este volumen de cuentos, para muchos lectores la pluma de Lillo ha resultado ser todo un descubrimiento literario. En sus cuentos habita una atmósfera invernal cargada de bruma y paisajes lluviosos que completan un paisaje gris, por el que transitan personajes desempleados, con problemas matrimoniales o con episodios indeseados que marcaron sus vidas. Pese a este panorama, las voces que acompañan cada narración no suenan a autocompasión ni lástima por la situación que enfrentan, sino más bien parecen espectadoras y atentas a cada detalle, como se describe cualquier situación común y corriente del diario vivir. El dolor, la angustia o el vacío que experimentan sus protagonistas es un cuadro que el lector tendrá que completar.

El lenguaje es preciso y sin rodeos, cotidiano. No hay frases grandilocuentes ni clisés que intenten sobrecargar la atmósfera gris de sus escenarios. Al mismo tiempo, no hay lugares con nombre y apellido, lo que permite al lector situarse desde su propia experiencia en cada uno de sus ambientes. Personalmente me recuerdan mucho al paisaje sureño de las casas humeantes luego de un día de eterna lluvia. Entre los diez cuentos que componen este volumen, destaca “El fumador”, la historia de un sujeto que sale por la noche a despejarse de sus conflictos matrimoniales y coincide, por mera casualidad, con un escritor itinerante. A través del diálogo, sentados en la mesa de un restaurant de carretera, se desarrolla una historia que atrapa desde el primer momento con algo de intriga y sospecha.

Otros relatos imprescindibles de la obra son “La felicidad”, “40 caballos” y “No era mi tipo”. El primero transcurre en la celebración de cumpleaños de un niño, que recibe como invitados principales a sus vecinos, una pareja de cesantes que pasan las penurias de no tener un trabajo, ni dinero, incluso qué comer. El segundo es la narración magistral de un hombre que recuerda su adolescencia, la figura de su padre y su introducción en el mundo del boxeo, cuando este reunía a la comunidad y era importante. También es el relato de un tránsito hacia la adultez en medio de esa configuración.

Al igual que el anterior, “No era mi tipo” es otro relato que rememora la adolescencia desde otras circunstancias. Un episodio que reúne a la madre, al padre y la tía que visita cada año a su hermana para el día de su cumpleaños. Las cosas se van saliendo del esquema paulatinamente, para dar con un desenlace perfectamente retratado.

José Gai
Fuente: Diario El Día

José Gai es periodista y humorista gráfico. Su novela policial Las manos al fuego (Tajamar, 2006) tuvo excelentes comentarios de la crítica nacional y hoy es citada como una de las mejores representantes del género negro en nuestro país. También es autor de otros trabajos más vinculados a la narrativa gráfica, como es el caso de Capitán Garra. Los lobos del desierto (Tajamar, 2010), trilogía de ambientación histórica post Guerra del Pacífico, y otros libros de humorismo gráfico.

Para este artículo he traído a colación el libro de cuentos El veinte, una obra que, también sin ningún antecedente a mano, fue todo un descubrimiento literario. Eso también se debe a que no existe tanta crítica o comentarios sobre esta publicación y las referencias que circundan su trabajo se relacionan con otras obras del autor. Diez relatos componen el libro, donde se encuentran ficciones variadas que son conducidas por distintas voces y perspectivas. Algunas adquieren un paisaje y un tono más costumbrista, otras evocan los tiempos de la dictadura militar en Chile, más cercanas a la intriga y al relato policial, y así sucesivamente hasta completar un paisaje variopinto de tramas que logran captar la atención y deleitar al lector con excelentes historias.

La construcción de cada relato es magistral, dice mucho sobre el gran estilo de su autor para contar historias y de la observación minuciosa de detalles que conforman nuestra idiosincrasia. El único reproche que cabe en este comentario tiene relación con el desenlace un tanto abrupto de algunas narraciones, que no alcanza para quitar el hecho de estar frente a una literatura de gran calidad.

Entre todos los cuentos que componen el volumen, hay algunos que por el arte de la síntesis y la narrativa merecen ser destacados en esta selección. “Los de siempre” es un relato que evoca los paisajes y personajes de una tradición criolla, así como un ambiente de misterios e intrigas que han servido de materia prima para todo tipo de leyendas rurales. Un cura realiza una vez más su visita de turno a El Peñón, para poner al día a sus feligreses en los deberes cristianos. Sin embargo, es una visita que puede cambiar el rumbo del destino de sus personajes, como del suyo propio.

“Ojalá mañana” es otro destacado de esta selección, que conduce al lector por el relato de una niña de ocho años bastante consciente del aire que se respira en una época marcada por la dictadura militar. Con mucha gracia y frescura, nos hace cómplices de la tendencia política de su familia y de su padre en particular, acostumbrado a sus reuniones de camaradas en las que ella misma participó como espectadora. Hay otros cuentos de menor extensión que también merecen ser destacados por su gran manejo de la recapitulación, la coherencia y estilo literario. Sin mencionar que son historias sorprendentes y amenas que no dejan indiferente al lector. En este grupo se encuentran “Jueves de Lourdes”, “Solo un poncho en la pampa” y “Lección de dibujo”.

Sin dejar de insistir en la genialidad y maestría de estos dos escritores en materia de cuentos, es necesario tener presente que en la actualidad existe una llamada “resurrección” del cuento en Chile. Este hecho sorprende más aún si se considera que la mayoría de los autores se han inclinado por escribir novelas. Por eso, nos encontramos frente a una excelente producción de cuentos que no debemos dejar pasar.
Esta vuelta del género la debemos, en su mayoría, a escritoras jóvenes recientes, que se han hecho muy conocidas por sus libros de cuentos. Predomina en esos relatos una mirada femenina, despojada de prejuicios y muy abierta, también desde la voz y los recuerdos de la infancia y la adolescencia. Si bien son de estilos distintos, podemos citar en este apartado Qué vergüenza (Hueders, 2015) de Paulina Flores, Quiltras (Los libros de la mujer rota, 2016) de Arelis Uribe y Terriers (Hueders + Montacerdos, 2017) de Constanza Gutiérrez.

Como se puede observar en la actualidad, la producción local de cuentos no tiene tanto que envidiar de otras regiones y latitudes para disfrutar de sus bondades. Como arte de la palabra, el cuento es bastante amigable con el lector, siempre atractivo e intrigante, que logra satisfacer el ímpetu por tomar un libro y recorrer sus páginas. Historias bien contadas, bien construidas y en pocas páginas, con personajes atractivos y profundos en su medida, hacen que este género sea todo un arte dentro de la narrativa.

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